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Pues ¿qué decir acerca de mí? Como sé que es un coñazo que cuente lo de "Nací un dia soleado de ..." y además nadie se lo creería, pues me invento una historia que quede más chula. A saber:

Pues resulta que como mis padres eran un poco astronautas, aparecí un soleado día cerca de los anillos de saturno, y ahí tal cual estaba con mi trajecito azul de astronauta y mi chupete comprimido con forma de teta marciana.

Lo más duro de aquella época fué el tener que tomar las papillas en píldora, sin contar que los sonajeros no sonaban, no podía saltar a riesgo de subir demasiado alto, ni siquiera llorar hacia el suelo como los demás niños. No pude nunca tirarle de los pelos a mi padre, aunque alguna vez le desconecté el cablecito del oxígeno tras lo cual se ponía muy rojo, supongo que del enfado. Aunque, ¡que carayo! A mi tampoco me gustaba nada que me quitasen los pañales cada noche y no me ponía rojo. Bah, cosas de mayores.

Unos ciclos solares más tarde ya correteaba por los anillos de saturno huyendo de mi madre que me quería meter la píldora de pescado. ¡ODIABA la píldora del pescado! (Y además ¿Qué narices era un pescado?). De vez en cuando arrancábamos la nave y nos marchábamos a Júpiter, donde vivían mis abuelos. Entonces era de mi abuela de quien huía. Por alguna extraña razón siempre me ha gustado hacer rabiar a la gente. Creo que es la única forma de saber de qué pasta están hechos los astronautas.

Como no tenía muchos amigos siempre andaba tocando los mandos de la nave espacial y viendo pasar las ... ejem asteroidas. Los estúdios no me iban muy bien, pero iba pasando de anillo cada ciclo solar como el resto de mis compañeros. Hablando del cole, todavía me acuerdo de las estúpidas clases de geografía espacial ¿A quién narices le importará los nombres de las manchas solares? o peor aún, las clases de historia: Vosotros tuvisteis que aprender los nombres de los reyes Godos, pero os puedo asegurar que la historía de la Vía Láctea no es mucho mejor, y salvo la segunda guerra intergaláctica era todo bastante aburrido.

Sin embargo, la física nuclear no se me daba mal y decidí enfocar mi vocación hacia las ciencias desde pequeño. Ya me conocía perfectamente los mandos de nuestra nave y comenzaba a juguetear con los mandos de las demás.

Y así ciclos y más cliclos. Mis habilidades sociales empezaron a florecer y descubrí que escuchar a los demás astronautitas era mejor que ver pasar asteroidas. También descubrí que en las salas antigravedad -además de llorar hacia el suelo- habia aire, que resulta que es un medio muy curioso en el que aparece un extraño efecto llamado sonido. Tras ahorrar un tiempo me pude comprar mi primera guitarra auto-gravitatoria que además tenía cuerdas, ¡oiga!

Un buen día amanecí en un cubículo antigravitarorio, me habían despojado de mi traje espacial y al mirar por la ventanilla -que era realmente la más grande que había visto nunca, y cuadrada- descubrí una ingente cantidad de construcciones en forma de bloque y humanos paseando por la superficie ¡SIN TRAJE!. Por un momento temí por mi integridad física y mental. Me miré en la superficie auto-reflectante que había justo encima de mi lecho y no aprecié ningún cambio importante en el color de mi piel, ni erupciones cutaneas ni nada. Así que me decidí a abrir la compuerta que separaba mi habitáculo del resto de la construcción...